lunes, diciembre 21, 2009

"Cuarto milenio" en el Museo de Historia de Tenerife

Publicado originalmente en Circular Escéptica, 8.

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Hace apenas un mes y medio, el programa televisivo «Cuarto milenio» dedicó un reportaje a la casa Lercaro de La Laguna (Tenerife), que alberga actualmente el Museo de Historia de Tenerife. En estos tres enlaces tiene el producto final que echaron por la tele, con alevosía y nocturnidad: este, este y este.

Como el autor de este comentario tiene la intención de escribir un artículo sobre este asunto para que la única información que el interesado se tropieza en Internet no sean las majaderías paranormalófilas habituales, me limitaré ahora a revisar con cierto detalle el contenido del citado reportaje. Aplazar la redacción de mi artículo me ha venido bien, finalmente: este material «cuartomilenario» es estupendo para completar el caso, como compendio de todas las afirmaciones paranormales, extrañas y «escalofriantísimas» que se han dicho sobre el palacio encantado lagunero. Gracias, amigos del misterio televisivo.

El reportaje, perpetrado con la ayuda de la cofradía del «más allá» local, lleva por título «Lercaro: el palacio encantado». Encantado porque ellos lo dicen, claro. La cosa viene de que, al parecer, a finales del siglo XVI, una muchachita llamada Catalina, hija del dueño del palacio, se suicidó tirándose por un pozo ya que no quería casarse con el maromo que pretendía su familia por conveniencia; vamos, por dinero. A partir de entonces, Catalina se habría dedicado a dejarse ver en formato fantasma, a hacer ruiditos y a provocar corrientes de aire, que son las cosas que los fantasmas tienen a bien hacer. Eso es todo. Ahí tendría su origen una leyenda de la que no se aportan pruebas de que ésta se originase entonces. En realidad, todo empieza a partir de los años noventa del pasado siglo cuando, con motivo de la restauración del inmueble, los obreros oían ruidos y notaban presencias. Como para creérselo sin rechistar, vaya. Así creció la popularidad de esta historia en las últimas dos décadas, lo que, según los criterios paranormales, equivale a pruebas de la existencia del más allá, que es por donde anda la citada Catalina, de la que ni siquiera existe constancia documental de que existiera realmente, como me comentó en 2007 la actual directora del Museo, Carmen Dolores Chinea. Pero no jodamos con la crítica y el rigor historiográfico una «cuartomileniada», ¿verdad?

A Catalina la habrían enterrado en algún lugar del palacio sin el correspondiente visto bueno de los curas, y entonces comenzaron los ruidos y las cosas raras y presencias espectrales, es decir, a producirse esa mística conexión entre las manifestaciones post-mortem de una hipotética muchacha burguesa del siglo XVI y la voracidad comercial de los ocultistas televisivos de la cadena «Cuatro», que no me negarán que es todo un fenómeno sincronístico jungiano.


Fachada del Museo de Historia de Tenerife (La Laguna). ¿No sienten el "misterio"?

Según el narrador del reportaje, tenemos que creernos que esas presencias y cosas paranormales han continuado a lo largo de los siglos hasta hoy, es decir, que no es un rumor inicial luego olvidado y rescatado en los años noventa del siglo XX por los que se dedican a olisquear en estos asuntos sin el más mínimo interés por despejar dudas, aclarar malentendidos y eliminar enigmas, que es para lo que están ahí, lógicamente, si no eres un vendedor de patrañas sin escrúpulos. Curiosamente, uno de los entrevistados asegura que esa leyenda se había olvidado hasta hace unos veinte años, con la restauración del inmueble.

Después de que la propia directora del Museo de Historia de Tenerife -que es la utilidad que el Cabildo de la isla dio al inmueble-, aportara algunas claves psicosociales del asunto de las visiones y sonidos (en otras palabras: cada uno interpreta los estímulos ambiguos que observa en determinadas condiciones según le da a entender su propio cerebro), nos cuentan el relato de un vigilante de seguridad que vio a una mujer en el patio y el de una encargada de la limpieza que vio, en un espejo frente al que se lavaba las manos, cómo por detrás, fuera del baño en el que se encontraba, pasaba una sombra parecida a un chica vestida de blanco. A ello hay que sumar otros que perciben olores, todo ello porque «existen personas que tienen desarrollada la parte de su cuerpo que percibe estas cosas», según un investigador (a secas, no se indica qué clase de investigador es).

¿Le gustaría al lector que le presentase una ristra de preguntas que deberían hacerse esos «investigadores del misterio» antes de dar por buenas esas subjetivas palabras? Pues no le voy a dar ese gusto ahora: lo dejo para la futura versión extendida de este artículo de la que tendrá conocimiento oportuno. Esa ristra será, seguramente, larga. Mientras, haga usted el ejercicio de ponerse a pensar un poco y formule preguntas críticas. Verá cómo se le ocurren unas cuantas. Imagine que el vendedor de misterios paranormales que tiene delante es, en realidad, un vendedor de coches de segunda mano, y que el coche -el «misterio»- que le quiere vender (y que a usted, en principio, le gusta) le crea muchas dudas.

La directora vuelve a intervenir para aclarar un poco la cosa: los responsables del Museo realizaron una investigación genealógica y no consiguieron hallar a ninguna Catalina que encaje con la de la leyenda. Además, «los fantasmas se cuelan por las rendijas que deja la crítica científica», dice Chinea con algo de ironía. Esto es correcto en cierto sentido, pero el problema es que a la crítica científica no le interesa ocuparse de semejantes cosas porque son asuntos que ya fueros refutados y desechados hace más de un siglo. En cambio, los que por manía o negocio se aprovechan de estos rumores se dedican a menear cada pocos años estas historias.

Pero lo mejor estaba por llegar: un grupo de ocultistas haciendo un paripé para el programa en el que se los ve anotando unas cifras en unas tablas y colocándole una tapa a una especie de caja de zapatos forrada con papel de aluminio. ¿Que para qué estaban haciendo tales preparativos ultra-sofisticados?; pues para qué va a ser: para «llevar a cabo pruebas psicofónicas en el mismo pasillo donde varios testigos se toparon con lo sobrenatural, y, como era de esperar, algo sucedió: una de las grabadoras captó un desconcertante sonido». Y uno de los tipos pregunta si «hay algún ente manifestándose en esta casa». Chanante, totalmente chanante. Un sonido extraño, anómalo, dicen, quedó grabado, «algo sucedió, una de las grabadoras captó un desconcertante sonido, lo que parece una rueca o un telar, que se repite durante toda la grabación». Menos mal que lo están analizando «con nuevo equipamiento, intentando captar lo invisible». Dicho queda para la posteridad. El equipo para la ocasión consistía en «dos cámaras de infrarrojo en circuito cerrado en dos habitaciones y un detector de iones para captar lo que es el cambio de volumen, si hay, en la habitación». ¿Me puede explicar alguien lo del «detector de iones»?; es que soy de letras. También colocaron «una grabadora para intentar coger alguna psicofonía». Es realmente meritorio que intenten captar algo que no se han molestado previamente en demostrar que existe. Pero éste es un detalle menor en «Paranormalandia», no se vaya el lector a imaginar que nuestros paranormalólogos andan preocupándose por detalles «menores».

Después el editor metió unas imágenes de relleno, y a los cuartomilenarios paseándose por los pasillos y escaleras de madera de la casa al mismo tiempo que mostraban a la cámara un aparatito que daba un lectura digital de algo, no se dice el qué, quizá la presión sanguínea del vigilante de seguridad que los acompañaba o el grado de dureza de la cara de alguien en la escala de Mohs. Yo me pregunto si realmente se creen lo que están haciendo o van aguantando las carcajadas para que el televidente credulón no se mosquee. El portavoz de la filial tinerfeña de «Cuarto milenio» dice a continuación que «hay que moverse con mucho cuidado porque hay vitrinas (están en un museo) y se están moviendo en la oscuridad». Coño, ¡pues enciendan las luces, por favor! ¿O es que a Catalina le da vergüenza que le vean las enaguas? Y no hace falta que se pongan en la piel de los guardias de seguridad: pónganse en la suya propia y no le tomen el pelo al televidente, por favor.

Y, por cierto, que me aspen si las imágenes de animales disecados pertenecen al Museo de Historia o, más bien, al pequeño museo, ahora cerrado, del antiguo Instituto de Enseñanza Secundaria Cabrera Pinto, en la misma calle que el Museo que nos ocupa pero más arriba. Esto lo voy a aclarar mediante la correspondiente investigación de campo, con mi chaleco multibolsillos, grabadora y cámara de infrarrojos, para que no se diga.

Lo mejor viene ahora. Se lamentan (digo yo, pero lo dudo) de no haberle encontrado explicación a la grabación del extraño sonido al que ya nos referimos con antelación, que resulta que no pertenece a esta visita, sino a una previa (claridad y precisión, sellos propios de la divulgación paranormalista). Ahora iban a repetir el «experimento», para intentar, bajo las mismas circunstancias (control de variables experimentales y de condiciones de contorno, ¿no?; mucho pedir para un programa de televisión) captar el mismo sonido extraño. Voz del narrador: «Pese al despliegue dispuesto, no se produjo ningún resultado reseñable». ¿Despliegue? ¡Si lo que hizo fue apretar la tecla de «rec» de una grabadora! ¿Eso es el despliegue? Espera, que voy a desplegar el televisor a ver qué basura están poniendo... Bueno, total que no captaron nada, lo que les lleva a pensar que «la grabación de la primera visita no tuviera un origen paranormal». Ah, ya lo entiendo: si lo hubieran captado de nuevo, sí habrían pensado que ambos sonidos tenían un origen paranormal?

Pero, claro, «los testimonios recogidos siguen alimentando la leyenda de la casa Lercaro, donde una presencia anacrónica (sic) deambula como alma en pena sobrecogiendo a los incautos».

No me negarán que tiene miga la frase. Ahora ya las dudas se han disipado, el reportaje llega a su fin e interesa dejar las cosas claras a favor de que esos rumores sin fundamento tienen una base real. Los testimonios no alimentan la leyenda: la alimentan los parapsicólogos de feria con su lamentable enfoque de la realidad, con su creatividad interesada y con su falsa objetividad. En cuanto a lo anacrónico, más que la presencia no probada de un fantasmita, lo es el acercamiento fingidamente neutral a un rumor, la incapacidad para ofrecer un producto digno a los interesados que les aporte las claves psicosociales de estas leyendas y el camuflaje cientifista de una «performance» típica de adolescentes. En cuanto a que todo esto sobrecoja a los incautos, ustedes mismos lo dicen.

Pasamos a continuación a plató, donde el conductor del programa representa su papel de asombrado permanente. Se pone a hablar de la anécdota del sonido de rueca que habrían captado sus imitadores tinerfeños en el minidisc, cosa que a él también le ha ocurrido en otras ocasiones. Pero he aquí que tiene solución para el «misterio»: con el auxilio de un técnico de sonido se nos explica que, si el micrófono está muy cerca y en completo silencio, llega a captar el propio sonido del mecanismo interno del aparato en funcionamiento. Esta explicación, sugiere el de «la nave del misterio», podría haber sido la causa de otras grabaciones similares. El propio técnico ha hecho pruebas y ha obtenido sonidos idénticos, nada «paranormales». ¿Y la cara que se les debió quedar a los amigos del misterio tinerfeño cuando oyeron esto?

Pues yo digo que no, que otra explicación es que Catalina, en el siglo XVI, tenía un minidisc, y que el sonido procede del fantasma de la citada oyendo los «greatest hits» de Tomás Luis de Victoria y Cristóbal de Morales.

Por cierto, me gustaría saber quién concede los permisos y con qué criterios para que unos cazafantasmas se pasen unas horas en un Museo del Cabildo de madrugada para grabar psicofonías. ¿No hay nadie que les diga que se vayan a su casa a dormir o a tomarse unas copas al «cuadrilátero» (zona de copas de La Laguna)? ¿Qué tal si en lugar de divulgar supersticiones se dedican a llevar al televidente leridano, gomero o gaditano los episodios más destacados de la historia de esta isla, que es el objeto del Museo en cuestión?

Venga, muchachos, que ya somos mayorcitos para estar creyendo en cuentos de aparecidos y para estar haciendo el ganso en caserones laguneros, ¿no creen?