martes, enero 04, 2005

Brechas en lo paranormal

2004 fue un año interesante, e incluso importante, en lo relacionado con la difusión del escepticismo frente a lo paranormal, categoría que nadie sabe definir adecuadamente en la que se integran fenómenos variados y tan dudosos como la propia etiqueta que los engloba, estupendo ejemplo de lo que Francis Bacon llamó ídolos de la plaza pública, una de las fuentes de errores y prejuicios que dificultan el conocimiento objetivo de la naturaleza.

En este caso se trata de todas aquellas creencias y presuposiciones que se han transmitido mediante rumores y divulgaciones amarillistas o crédulas, y que acaban convirtiéndose en hechos dados, puras presuposiciones consolidadas por su uso continuo para quien no las cuestiona, pero muy sospechosas para quien desea examinarlas críticamente.

Fue 2004 un año importante porque uno de los misterios más populares de la paranormalia/parafernalia española empezó a resquebrajarse. Ya era hora. El antecedente más importante en este sentido fue la desclasificación de los archivos del Ejército del Aire relacionados con observaciones de ovnis en la última década del siglo XX, que propició el derrumbe de dos leyendas simultáneamente: el valor de la documentación recopilada durante décadas por el organismo castrense, bastante escaso, y la propia categoría de secreto militar, interpretada hasta entonces por los bufones de los platillos volantes como la gran ocultación, que ahora quedaba en evidencia como una falacia autojustificadora de este gran mito.

Los artículos publicados por Javier Cavanilles en El Mundo supusieron una tremenda brecha en el avejentado casco del buque de las teleplastias jiennenses. Y no fue necesaria una compleja investigación, ni conocimientos especializados, ni un gran desembolso económico para infraestructuras; fue suficiente un poco de juicio crítico, unos pocos artículos en los que se hablaba claro y el eco otorgado por un medio escrito de comunicación masivo. Para acceder a lo fundamental de toda esta historia es recomendable la lectura del número especial de El Escéptico Digital, de 16 de noviembre de 2004 y revisar los artículos que Mauricio José Schwarz ha dedicado al tema en los últimos meses, currículos inventados incluidos. De la lista de correo electrónico Charlatanes (desde el mismo blog de Schwarz se puede acceder a ella) partió originalmente la idea de enviar un dossier, a medio camino entre lo informativo y lo protestón, a todos lo medios españoles por el defectuoso tratamiento que dedican habitualmente a lo misterioso. Y es que los reportajes aparecidos en varias televisiones sobre Bélmez un mes antes habían sido vengonzosos, auténtica tomadura de pelo para el televidente (entiéndase por televidente el que ve la tele).

A principios de enero de 2005 aún colea el asunto; y aún esperamos las pruebas definitivas de que los caretos de Bélmez son un fenómeno paranormal y, por tanto, que van a propiciar la mayor revolución científica de toda la historia: la comprobación definitiva e irrefutable de que existe una esfera de la realidad trasmundana, un más allá, un micro-agujero blanco al alcance de cualquiera, un mar que construye castillos de arena en la playa, un viento y una lluvia que erigen montañas... La historia de la ciencia se dividirá en antes y después de Bélmez. Bien es cierto que tal logro podría haber tenido un antecedente, si no tan casi tan revolucionario para la ciencia, sí igual de impactante mediáticamente como los muertos que practican auto-estampaciones en el pueblecito andaluz: ¿les suena el investigador (perdón, se me fue la palabra), el novelista que dijo que su intención a la hora de escribir su librito de diálogos 100.000 kilómetros tras los ovnis era mostrar a cuantos todavía dudan que los ovnis existen y que son naves extraterrestres? Creo que las posibilidades de que los de Bélmez partan la historia de la ciencia en dos son las mismas que las que el afamado novelador de cuentos de misterios tenía de probar algo con su libro. Pienso compuesto para crédulos.

La actividad escéptica o crítica no quedó reducida a Bélmez, con ser muy meritoria, y no sólo por poner en evidencia lo que era más una superstición enquistada que un supuesto fenómeno enigmático: la crítica fue ejercida contra lo que también era en sí mismo una representación mediática de consumo entre los aficionados, y fue sometida a una inspección semejante a la que podemos encontrar en otros aspectos de la actividad social no paranormal. Esto molestó especialmente a los implicados en este risible asunto. Esa actividad, digo, o esos episodios relevantes, tocaron también a la creencia platillista: la alerta ovni del 25 de junio convocada por un programa de radio de la SER sirvió para que Magonia y unos cuantos colaboradores pusiese en marcha un proyecto homónimo, que aunque no tuvo el resultado esperado en forma de platillos volantes diseñados para la ocasión -habrá otras-, sí cumplió la necesaria labor crítico-irónica para con tan esperpéntica iniciativa mezcla de montaje radiofónico populachero y recurso a la castrada emotividad nuevaerística y otras lavativas psicológicas. Dediqué unas líneas relativamente amplias a todo ello; léalas aquí.

Vale la pena citar también la publicación de Humanoides en Conill, de Ángel Carretero Olmedo, un colaborador de la Fundación Anomalía que ha dedicado los últimos años a desmenuzar el popular suceso de la playa gaditana de Los Bateles, en Conil (29/9/89), en el que un grupo de jóvenes confundieron las luces nocturnas de un buque británico de instalación de cableado submarino con un platillo volante, y a una pareja de alemanes que se hallaban pasando un buen rato en la arena con dos humanoides gigantescos. Un probable buzo o pescador también se convirtió en hermano mayor de ET para la ocasión, todo ello en una playa con poca iluminación y con presencia de otras personas que nada vieron. Como lo oyen, quiero decir, como lo leen. Por supuesto, el más afamado de los correcaminos ufológicos se interpuso con su repertorio habitual de insultos y demagogia platillesca.

Ah, y se me olvidaba el Curso Interdisciplinar Ciencia y pseudociencias: realidades y mitos, cuya web se actualizará pronto con los contenidos de la que será, a partir de marzo, su quinta edición consecutiva. Cambiamos de nuevo de escenario y consolidamos la oferta lectiva, única en España, por ahora. Próximamente comentaré aquí las novedades más relevantes. En el terreno editorial, la salida al mercado de la obra colectiva del mismo título supuso una novedad que se está vendiendo mejor de lo esperado por sus editores (no obstante, el maguferío preocupado por que sus productos aptos para almas blandas y amantes del misterio y la magia -no la de James Randi, que es un escéptico- puede estar tranquilo que no creo que el mercado paranormalófilo se resienta, je, je). Con los derechos de autor produciré una serie para televisión de carácter pesimista que llevará por título Desencantado con el planeta...

Manolo elmás sugería en Magonia aprovechar el tirón de Bélmez para intentar acabar con los consultorios televisivos de tarot, los astrólogos y otros sujetos similares, de los que no hay televisión privada que no acoja en su seno, señor. Mi teoría es que todos los organismos necesitan evacuar sus deshechos; así, el organismo televisivo emite a las tarotistas y adivinadoras como quien caga; es una necesidad tecno-biológica. Le comenté a elmás que no creo que, desgraciadamente, se pueda realizar una labor con estos desvergonzados similar a la llevada a cabo con la patraña de Bélmez: se trata de un producto televisivo inmune a la crítica, ignorantes absolutos que lo aguantan todo mientras salgan en la tele. Por ello, creo que vale más la pena abordar leyendas como la de los pintores de teleplastias, que es más efectivo entre los interesados. Se ha logrado por primera vez romper el escenario habitual de lo paranormal, un escenario en el que este cajón de sastre aparecía como un género en sí mismo, como no sujeto a cuestionamiento alguno, sin respiraderos críticos. Esta brecha producida en un medio de comunicación nacional como El Mundo es lo que ha molestado profundamente a los creyentes y fabricantes de misterios. Es la sensación de coto vedado la que ha caído. Lo que debe hacer el colectivo informal de críticos es continuar la labor emprendida en Bélmez y propiciar que lo normal, lo habitual, lo que tenía que haber sido siempre, es que los magufos sepan que van a ser requeridos y preguntados respecto a cualquier afirmación fantasiosa con que salgan. Como en cualquier otro tema. Y, lo que es más importante: para no confundir y tomar el pelo al público haciendo pasar por investigación lo que no es más que una representación amañada para confirmar creencias ocultistas previas. De paso, que los jóvenes aficionados descubran que lo natural y lo intelectualmente arriesgado es el escepticismo. Usemos Internet para divulgar la crítica de todas las formas de paranormalidad disfrazada de investigación racional.